Me tomé muy en serio cada una de tus palabras ayer. No estoy enfadada. Creo que tengo todo el derecho a sentir, no sentir, cambiar, equivocarme, etc. Y tú también. Compartiste tu presente, tus deseos. Y esa nueva capacidad nuestra, de hablar desde las entrañas, sí me complace. Defendiste con tanta vehemencia tu decisión, que pude ver tu malestar por mi aparición ahora que te lo estás pasando bien después de tanto tiempo. Y me alegra poder hablar de ello. Ojalá lo hubiésemos hecho más veces en otro tiempo. Me doy cuenta de que utilizo mucho la palabra ilusión. Me pregunto si a lo mejor esto me permite conocer a la verdadera Silvia, no la ilusoria. ¿Dónde empieza la persona real que amamos? Existe realmente o la creamos?
La firmeza de tus palabras me invitó a tomar mi propia decisión. Y me tambaleé por un instante, no te creas que me resultó tan fácil. Me imaginé la escena: corriendo hasta tu cama, a ver quién llegaba antes, porque tú nos esperabas a ambas.Divertida con la escena. Eso es no tener la exclusiva, la que llegue primero, se queda esa noche. ¿Estoy en lo cierto? Así que en ese arrebato que te ha dado en el que has vaciado tu cama, yo ya había decidido estar de nuevo de nuevo lejos. Porque yo no quiero estar con alguien que me propone hacer carreras. Por el momento, yo he cerrado de nuevo la puerta, aunque no me queda más remedio que abrir la ventana; es lo que tiene el duelo, que te puedes ver ahogada en tus propias lágrimas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario